Archivo Julio 2013

CURSO REPRESENTACIÓN POLÍTICA Y CRISIS DE LA DEMOCRACIA 0

jul16

CURSOS DE VERANO UPV

Palacio Miramar-Donosti ( 11-07-2013)

El título de este curso es “Representación Política y Crisis de la Democracia”, cuando descendemos a esta mesa redonda su título es “La Representación Política desde el Parlamento Vasco”.

En este juego de títulos y ante la definición del primero y la indefinición del segundo, partiré del primero para señalar que la crisis política actual, la crisis de representación, la crisis de participación en la política, no obedece a ninguna causa natural, ni a ninguna situación surgida espontáneamente.

La crisis política actual, no es una casualidad, es el resultado de una forma de hacer, y dejar hacer, de una forma de organizar la sociedad en los últimos quince años.

Como no es casualidad que la globalización sin reglas trajera la ruptura de la relación de cierto equilibrio entre las fuerzas del trabajo y el capital productivo.

Como tampoco lo es, que esta crisis a su vez trajera la mayor de las corrupciones, la de un sistema financiero al servicio del capital especulativo y empobrecedor del capital productivo, de la economía pública y de la economía doméstica o familiar.

No es casualidad que esta crisis trajera la especulación inmobiliaria y toda suerte de trampas relacionadas con ella y que a su vez trajera las implicaciones políticas de los abusos, excesos y corrupciones sobre esta fórmula fácil de trampear el dinero.

Y que además todo esto tuviera y tenga un permanente amplificador mediático para mayor cabreo, indignación y desafecto de una parte muy importante de la ciudadanía con la política.

Nada es casual, todo tiene un porqué y detrás de todas las crisis están las ideologías y su aplicación y los objetivos que se persiguen, que ni son ni serán unitarios y uniformadores.

Yo no comparto la generalización. No comparto el daño intencionado que se quiere hacer a la política como instrumento, como servicio, como herramienta de organización de la ciudadanía.

No comparto que se utilice el anonimato y la generalización para hablar de la actual crisis política, como si ésta no tuviera ideología, responsables, autores, y como si la crisis no estuviera demostrando que mientras a unos les va mal o muy mal, a otros les va bien o muy bien.

Ciertamente hay muchas cosas en crisis, pero cada una de ellas tiene su identidad y su tratamiento.

Y sé que a todas estas crisis se suma la que más desconfianza crea en la política, la corrupción política.

No voy a negar la existencia de la corrupción política y no voy a suavizar su tamaño con apelaciones a que la mayoría de los servidores públicos son honrados.

No voy a negar la alarma social que crea, la frustración y el desencanto.

No voy a justificar nada que se haya hecho mal, menos fraudulentamente y menos delictivamente, desde la acción de cualquier servidor público, y valiéndose del voto de las personas que han puesto su confianza y su esperanza, en el destinatario del voto.

Es evidente que cuando se ponen en crisis los contenidos de la política, también se ponen las formas. Formas en las que se está avanzando y hay que hacerlo más, en las que se está mejorando aunque todavía sea insuficiente.

Se ha avanzado en la fiscalización con los Tribunales de Cuentas, en la publicación de los contratos que hace la Administración, en la transparencia de las decisiones políticas de los Gobiernos, en la iniciativa Legislativa Popular, en los sistemas de control y de investigación de los Parlamentos, en la limitación de mandatos, en las incompatibilidades, en las actuaciones de las Fiscalías.

Todas estas herramientas y otras más son necesarias, ayudan a la transparencia, y devuelven la confianza a la política.

Pero como hay poco tiempo y hay que elegir lo que se dice, yo quiero poner el acento de la transparencia en la participación política y en el control político por parte de la ciudadanía.

Defiendo antes que el derecho a saber dónde se publica todo lo que se hace, el derecho a decidir sobre lo que se terminará publicando. Y esto se hace consultando a la ciudadanía sobre los asuntos de interés general que más les afectan. Como la Reforma Laboral que afecta a 24 millones de personas, como la reforma de las Pensiones que directamente afecta a 10 millones y que indirectamente afecta a todos. Como si se hacen o no recortes en Sanidad, Educación, Políticas Sociales. Como quién paga el rescate de la Banca. Como el precio y el plazo de pago de la Deuda.

La política no se nutre, ni se explica, ni se desarrolla, en sus formas, se hace todo eso en sus contenidos, porque las formas obligatoriamente solo pueden ser democráticas y transparentes, y las que no lo sean lo tendrán que ser.

Me sumo a quienes consideren que los ERES de Andalucía, la Trama Gürtel, la financiación de una parte del Partido Popular a través de Bárcenas, los desmanes en la Hacienda de Irún o cualquier otro caso, son escándalos producidos desde el poder que deben tener penalización y reparación.

Pero niego y negaré que la corrupción, junto al drama económico y social de tantas personas sea utilizada, para destrozar la política de participación, la política de representación, la política social, la política de igualdad, la política de solidaridad, que la sociedad ha ido conquistando y desarrollando a lo largo de las últimas cuatro décadas.

Me niego y negaré a que el oportunismo, el populismo y la intoxicación mine la capacidad y la oportunidad de la mayoría de la sociedad a auto organizarse y a autogobernarse, mediante un sistema político democrático.

Me niego a que la crisis de la política sea explicada con un solo lenguaje, o con un lenguaje dominante, de una derecha que controla y dirige el poder mediático y que arrastra a la mayoría, en una devaluación política que desborda las dificultades reales, la dimensión de los problemas, para imponer recortes, repagos, desregular las relaciones laborales, destruir empleo, producir desahucios, privatizar la justicia, suprimir ayuntamientos, privatizar servicios.

Me niego y me negaré a que el desprestigio global de la política que tanto estimula y alimenta la derecha se siga extendiendo.

Quienes hemos conocido y sufrido la dictadura, el terrorismo, la ausencia de libertades y derechos, las injerencias religiosas en la ética de las personas, los hospitales masificados en barracones, la escuela pública con aulas de más de 50 alumnos de todas las edades mezcladas, sabemos que la superación de todo esto hasta llegar a nuestros días, ha sido mediante la política democrática y confrontando la izquierda con la derecha, disputándoles el poder y alcanzándolo, y sólo entonces se han producido avances en la igualdad, la solidaridad, y la justicia social.

Es inasumible que los bancos se financien con dinero público para ser capitalizados, y que después ese dinero sea negado para el crédito productivo y revendido a la administración pública 6 y 7 veces más caro. O que los especuladores nos dañen con una prima de riesgo artificial y antisocial. O que Ángela Merkel proponga que el S.M.I. pase de 645 a 250 euros mensuales en España. Y que todo esto destruya millones de puestos de trabajo.

Estamos ante un cambio radical en el sistema de cierto equilibrio que durante décadas ha funcionado en Europa.

Vivimos un desplazamiento de una parte del poder político que representa a la ciudadanía con más necesidad y sensibilidad social, por otra parte del poder político que hoy es fuerte para ayudar a quienes sólo se rigen por las reglas puras y duras de la economía especulativa.

Y esto no se arreglara ni con formas, ni con plegarias, ni con rogativas, sino con la recuperación de ese poder social de equilibrio, reivindicando, movilizando, presionando, poniendo en riesgo el liderazgo político de la derecha, que hoy tiene, y que deberá ser modificado cuando toque en las urnas.

Hoy todo esto se hace invocando que no podemos gastar más de lo que tenemos y escondiendo en la supuesta escasez de recursos, que nuestro principal problema global, es que se gasta mal, se gasta arbitrariamente beneficiando a los que más tienen, y que se ingresa mal, cargando de impuestos a los que menos tienen, y que se lucha tibiamente contra el fraude fiscal.

El problema de la crisis política desde mi óptica, desde una óptica comprometida con la izquierda, con el socialismo, con los valores progresistas, es que la izquierda vivimos una crisis política y la derecha otra.

La izquierda estamos en crisis porque nos hemos ido debilitando, porque hemos tragado muchos anzuelos ultraliberales, porque nos hemos domesticado, porque hemos reaccionado tarde a algunos problemas, porque hemos cedido terreno a las leyes del mercado frente a las leyes públicas de redistribución, porque hemos abrazado teorías que supuestamente nos abrían la conquista del mundo y nos han llevado a un inmenso precipicio.

La derecha también está en crisis, en una crisis, de recuperación de sus políticas más injustas e insolidarias.

Quiere que la sociedad retroceda en derechos y valores, quiere recortar y someter buena parte de las conquistas sociales, para deteriorar la solvencia de la izquierda, la participación mayoritaria de la ciudadanía en la política, para deteriorar la moral, el ánimo de los sectores más críticos y vanguardistas de la izquierda y para enfrentar a la izquierda, a los progresistas entre sí. La derecha está en clara confrontación con el modelo social construido, y hasta ahora está ganando el pulso, un pulso que le lleva a crecerse, aunque a medio y largo plazo terminen fracasando.

La crisis de la política es la crisis de una minoría contra una mayoría, de una minoría que se enriquece y de una mayoría que se empobrece. Una crisis que suma indignación, enfado, resignación e insolidaridad en diferentes dosis con el apoyo de los sectores más conservadores y que hace que todavía no se le haya enfrentado la rebeldía suficiente de la mayoría perjudicada, para parar tanta política antisocial.

Pero esto se puede y se debe parar, se puede y se debe reconducir.

Por todo esto y por mucho más me niego a hablar de la crisis de la política desde una perspectiva global, maniquea, en la que afirmo sin ninguna reserva, que a menos política, a menos participación y representación, más desigualdad, insolidaridad, e injusticia y menos posibilidades para evitarlo.

Los recursos se pueden repartir más y mejor.

La política puede y debe disponer de mayores y mejores controles, así como de mecanismos ágiles de reparación de los excesos. La sanidad, la educación y las políticas sociales son asumibles económicamente. El empleo, la negociación colectiva, las relaciones laborales acordadas son necesarias y compatibles entre sí. La justicia pública y gratuita como garantía de defensa de los derechos, es posible.

Lo que no es posible es dejar estas tareas en manos de la derecha y de los especuladores como lo están ahora, y esperar a ver los resultados, porque al final ocurrirá lo que un día contó Yomo Kenyata, primer presidente de Kenia, “cuando los blancos vinieron a África teníamos tierra y ellos la Biblia. Nos enseñaron a rezar con los ojos cerrados. Cuando los abrimos, los blancos tenían la tierra y nosotros la Biblia”.

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