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  • 05.01.2016
  • 10:07
  • Txarli Prieto

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ene5

(Artículo publicado en Dato Económico en enero de 2016)

El estos días pocas conversaciones se escapan a la socorrida expresión que suena así, buena salida y mejor entrada de año.

La frase que goza con frecuencia del mejor sentimiento no puede estar más  alejada de la realidad si analizamos lo que está pasando un palmo más allá de nuestras narices. El año que termina y que casi acaba con media humanidad, finaliza con una continua llamada a la guerra, y con una legitimación de la misma, trasladándola peligrosamente, de la defensa propia al interés geopolítico.

Con millones de ciudadanos deambulando por Continentes, en los que no nacieron, en su huida de la muerte y de la miseria, y de la que ni su condición de refugiados les salva.

Con un crecimiento de la extrema derecha europea más racista y xenófoba de los últimos 70 años, que debiera hacer temblar y comprometerse radicalmente con la defensa de los derechos humanos, a cualquier ser civilizado.

Con  muchas mujeres asesinadas por la violencia machista, a las que les sigue sin llegar en muchos casos la protección y atención que se les promete.

Con millones de parados y con millones de contratos precarios, que asisten incrédulos a la propaganda oficial, que les clasifica como empleados, cuando muchos de ellos se han convertido en ocupados con derecho a ser pobres.

El año que termina, para mejor ejemplo de reparto de la riqueza, también se ha encargado de mantener todos los paraísos fiscales que existían en su inicio, incluidos los europeos.

El año en el que la derecha aprovechó las vacaciones para confundir turistas con crecimiento económico, termina con una masiva recogida de alimentos en toda España para dar de comer a quien no tiene.

Termina con varias instituciones disponiendo recursos contra la pobreza energética, que ni se abarata, ni se garantiza a la ciudadanía.

Terminamos el año sin recuperación económica en términos sociales y colectivos, con una abultada deuda por el rescate de los desmanes de la Banca, y con un repetido riesgo para el futuro de las pensiones.

Terminamos sin un horizonte de reactivación económica para las empresas y con muchas más amenazas sobre los recursos públicos, por la política financiera internacional y por la escalada en la actividad bélica.

Terminamos el año con mucha dificultad para la gobernanza, para la estabilidad institucional, con mucha dispersión en los objetivos y prioridades colectivas.

Con muchos poderes de tenue identificación apostando por gobernar desde la sombra.

2016 necesita más que buenos deseos, compromisos y actitudes constructivas, de sumar, de abrir camino a las alternativas colectivas.

2015 termina con exceso de incomunicación en la izquierda, con exceso de insolidaridad entre la ciudadanía, con demasiada crítica pasiva sobre lo que se considera que está mal.

2016 nace muy tocado y quizás por eso, y en la medida que se pueda comer y beber, no sea un mal plan para sacudirse temporalmente las penas de esta salida de año.

2016 también nace como una oportunidad para corregir errores, superar vanidades, aparcar maximalismos, recuperar objetivos colectivos, y alejar la insolidaridad y el sálvese quien pueda.

2016 será lo que queramos que sea la mayoría, o lo que dejemos hacer a la minoría. Toca discernir entre acción e intención.

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