Archivo Noviembre 2016

PORQUÉ HA GANADO TRUMP 0

nov10

Donald Trump no es lo peor que nos puede suceder. Lo peor, nos viene sucediendo desde hace nueve años. La izquierda nacional e internacional no tiene unidad de acción ni respuestas ejecutivas ante los graves problemas que golpean a la mayoría de la ciudadanía.

Trump ha convertido los problemas de la ciudadanía en sus mejores aliados y los ha respondido aunque detestemos sus respuestas

Hillary Clinton, ha pasado de puntillas por ellos y en el mejor de los casos ha ofrecido continuidad. Continuidad, ¿a qué y a quién?

En Estados Unidos, al igual que ocurre en la mayoría de los países europeos y también en España, la continuidad supone vivir en el marco de lo que nos ha dejado la mal llamada crisis, que en realidad es otro reparto de la tarta de la economía, con mayor porción para esa minoría de poderosos y especuladores, y con la menor porción para esa mayoría de ciudadanos y ciudadanas.

Ya no vale llorar.

Tampoco echar la culpa al populismo.

Ya no vale lamentarse de ideas y prácticas racistas, machistas, xenófobas, pro bélicas, etc.

El problema no es que cada vez haya más gobiernos ultraconservadores.

El problema es qué estamos dispuestos a hacer para reducirlos, ganarles y evitarlos.

Donald Trump ha gestionado el miedo de una parte de la sociedad americana, de la que teme perder lo que tiene, y de la que espera tener más, o de la que para tener una oportunidad le sobran negros, hispanos y mujeres.

Que se pueda ganar con tanta zafiedad, tanto desprecio, y tanta política sin valores nobles solo se puede explicar, porque la contraoferta, la encabezada por Hillary Clinton, solo ofrecía buenas oraciones y más de lo mismo. Dicho de otra forma, competían un bárbaro creíble con una moderada increíble.

A Trump se le ha destacado en esta campaña por defender, la tortura, el bombardeo de niños y mujeres, por querer deportar a millones de inmigrantes, por querer levantar un muro con Méjico, por apostar por la destrucción del medio ambiente, por machista, por querer cargarse la reforma sanitaria, por ser pro belicista, por querer profundizar en la política de bloqueo económico a terceros países.

A Trump se le ha destacado por llevar a su lado un equipo con un vicepresidente, Mike Pence, caracterizado como ultraconservador, defensor de su particular religión por encima de los deberes y derechos colectivos, por vetar a los Gais en la política por su opción sexual.

Trump ha sido felicitado, elogiado y aclamado por la derecha extrema y por la extrema derecha británica, húngara, italiana, rusa, francesa, austriaca, holandesa, etc.

Pero también ha sido votado por la mitad de los americanos y americanas hasta hacerle ganador, en un país donde ha amenazado a mujeres, niños, enfermos, pobres, negros, hispanos, gais, ecologistas, pacifistas, y en general a cualquier persona que su decencia la pose en los valores universales de la humanidad.

La ciudadanía americana no es insensible a todo esto.

Pero esto está sucediendo.

Y sucede porque hay una izquierda entre agotada y domesticada en América y en Europa.

Porque hay una opinión pública y publicada que ya empieza a enterrar lo peor de los compromisos de Trump y a destacar que su discurso después de elegido, fue amable y conciliador. Que ya empieza a poner el acento en el que hay que entenderse, en vez de en el que hay que responder y proponer políticas alternativas.

Hay quien sostiene que el clima que hace hoy en Nueva York dentro de una semana lo tendremos aquí. Yo digo que lo que hoy ha pasado en EE.UU. lleva años pasando en Europa.

De un tiempo a esta parte la izquierda, cuando viene la avalancha de la derecha, se divide y se acusa entre ella, se esconde detrás de “lo que nos viene”, o de “con la que está cayendo”, se deja manosear por la derecha, se asusta ante los desafíos.

Desafíos que no se pueden contrarrestar con guitarras y conciertos, o con manifiestos y vueltas a las reflexiones.

Muchos padres y madres están dispuestos a ser racistas para que sus hijos tengan empleo. Están dispuestos a que se levanten fronteras y muros para que se reparta entre menos. Y muchos de ellos y ellas en muchas ocasiones votaron con la izquierda. Y muchos de ellos y ellas volverían a comportarse como progresistas si no les atenazara la incertidumbre y el miedo en el presente y hacia el futuro.

Trump y los Trumps europeos ganan porque ofertan su seguridad y su credibilidad. Aquí tampoco hay misterios. Los poderosos ofrecen su sociedad y los menesterosos protestamos mientras nos dejamos arrastrar por ella.

Ya no vale mirar para otro lado o escondernos tras las palabras. O disputamos con todas las consecuencias el reparto de la riqueza y protegemos los valores o nadie podrá parar el “sálvese quien pueda”, que cada día gana más adeptos.

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MÁS TEORÍA O MÁS FIRMEZA 0

nov8

Últimamente se invoca mucho al espíritu de la transición. Sobre todo lo hace la derecha y sus satélites. Esos satélites que nos aconsejan un día sí y otro también, que rebajemos el tono de crítica hacia el PP para propiciar cercanía con ellos. Lo hacen impostando un talante de diálogo que no tienen porque no lo quieren. Lo hacen con desdén intelectual, dando al diálogo un carácter instrumental y sin contenido. Lo hacen con la idea de que el diálogo que sale de sus bocas sirva al Partido Popular para que sus recortes y reformas anteriores se sostengan y se proyecten hacia el futuro, bajo la permanente amenaza de convocatoria de nuevas elecciones. En la sesión que fue investido presidente, Rajoy más claro no lo pudo dejar. Advirtió que su investidura no era un trámite y sí un compromiso con sus políticas.

Pero para invocar a la transición o se dice algo más de ella o mejor estar callado.

La transición se hizo en un periodo de muchas carencias y dificultades políticas, económicas y sociales. Pero por encima de esas dificultades había dos determinaciones, la de mejorar colectivamente y la de hacerlo mediante el acuerdo.

Durante muchos años, incluso durante décadas, el afianzamiento de la democracia se hizo en paralelo a la mejora de las condiciones de trabajo, a la extensión del empleo, al acceso a los servicios públicos y a su universalización. Se hizo mediante el respeto a los derechos de negociación, negociando en todos los niveles de la sociedad, y con un sistema capitalista orientado a la inversión productiva.

Se hizo con un potente sector público que atendía al interés general, y que trabajaba por reducir la desigualdad. Hasta en los periodos en los que gobernó la derecha se respetó lo fundamental de todo esto.

Lamentablemente hoy no estamos ante aquellas actitudes, aunque la derecha siga siendo la misma derecha. Todo esto quedó interrumpido y roto con la vuelta al gobierno del PP, en 2011.

Y es esto lo que hace imposible el apoyo, la concesión o el acuerdo con el PP de hoy.

Toda la historia del socialismo europeo desde el final de la segunda guerra mundial, está sembrada de acuerdos y pactos entre la derecha y la izquierda. Seguramente es la mejor fórmula para convivir y para proteger de la mejor manera los diferentes intereses de cada colectivo.

Pero siempre se hizo bajo la fórmula del crecimiento y del reparto y no, como ocurre en la actualidad, de la reducción y el recorte.

De qué diálogo inspirado en la transición hablan quienes han abusado hasta la extenuación con su mayoría absoluta?: del decreto ley para legislar; de las leyes de bases para intervenir en las competencias de Ayuntamientos y Comunidades Autónomas; de la supresión de la negociación colectiva; del abuso en el control del déficit; de las amnistías fiscales para los amigos; de los regalos fiscales para los poderosos; de los copagos y repagos; del vaciado de las reservas para el pago de pensiones; de ignorar el Pacto de Toledo; de judicializar la política; de perseguir y criminalizar el diálogo entre diferentes; o quizás de querer uniformar mediante ideología conservadora la educación y el pensamiento.

Es en esta realidad donde se manosea el noble concepto del diálogo. Es en esta realidad donde a los Socialistas se nos exige claridad.

Esta es la realidad y claridad que nos obliga a tener una política de alianzas definida, orientada, explicable a quienes quieren confiar en nosotros. Porque hoy la política de alianzas arroja mucha luz sobre el contenido de la política que se quiere hacer.

Durante más de tres décadas de democracia el PSOE no la necesitó. Solo había dos opciones de gobierno. El PSOE o la derecha con sus diferentes nombres. En ese tiempo para acertar o para errar, el PSOE fue autosuficiente.

Ahora sí la necesitamos porque hay más opciones y con una entidad suficiente para competir. La necesitamos porque quienes nos votan o pudieran estar en disposición de hacerlo nos la reclaman. Y además porque lo hacen como una condición poderosa para prestarnos confianza y dispensarnos credibilidad, o en su defecto para abandonarnos o apostar por otras opciones.

Tras la incertidumbre y confusión que hemos creado al posibilitar la investidura de Rajoy, es más que urgente la necesidad de reaccionar y tratar de salir de esta crisis en la que nos hemos metido, y que con enorme contundencia se refleja en el barómetro del CIS.

Hoy he escuchado en una tertulia de radio, a los que ayer nos llamaban locos por defender el no, justificar la encuesta del CIS por no haber mantenido la posición.

Obviamente esto no va de estatutos, ni de mayorías tan siquiera, ni de sanciones. Esto no va de ajustes y revisiones entre nosotros. Tampoco de poner o quitar portavocías. Mucho menos de conspiraciones y secretismos.

Porque hoy está en juego de manera más acuciante que ayer la recuperación o pérdida de la confianza en nuestro proyecto.

Porque hoy hay en juego dos legitimidades que no se encuentran entre sí. La de la abstención decidida por el último Comité Federal para que Rajoy sea presidente y la de millones de votantes socialistas que dieron su voto para decir no a Rajoy, no al PP y no a ningún otro candidato de ese partido, bajo acuerdo unánime, también en dos sesiones del  Comité Federal, que a su vez se convirtió en oferta electoral en dos campañas consecutivas.

Hay quien dice primero reflexión y luego acción.

Hay quien señala que tenemos que refundarnos.

Yo señalo que a nuestro partido le sobra reflexión y le falta acción. Porque buena parte de ella, la más reciente la tenemos intacta.

Y para la acción necesitamos a la afiliación. Porque nadie mejor que ella sabe el estado de quienes nos votan incluso de quienes han dejado de hacerlo.

Alguien ha dicho que el PSOE es de los afiliados y a continuación ha matizado, pero para servir a la sociedad. Cierto. De igual manera el PSOE se gobierna conformando órganos. Cierto. Pero para atender a la afiliación, para atraer a los simpatizantes y votantes, representando fielmente su pensamiento y compromiso.

No tenemos cuestionadas nuestras teorías políticas sobre la educación, la sanidad, la fiscalidad o las políticas sociales. No obstante si de reflexionar se trata, podemos seguir reflexionando sobre ellas con la misma eficacia de quien echa capas de asfalto sobre una carretera sin tráfico.

Creo que nuestros problemas están más por la relación entre lo que decimos y hacemos. Por cómo y cuánto queremos disputar a la derecha el liderazgo institucional. Por cómo y cuánto queremos intervenir a los poderosos para que la economía se reparta mejor. Por cuánta desigualdad no estamos dispuestos a soportar. Por la capacidad para tomar y sostener con firmeza nuestras decisiones. Por defender lo comprometido con nuestros electores. Por no permitir que la derecha nos rompa. Por cuidar la credibilidad de querer ser alternativa. Por despejar dudas sobre la autonomía de nuestra acción política. Por revalorizar el orgullo de pensar y ser Socialista. Por acabar con la desmotivadora interinidad en la que nos hemos metido.

Por motivar a los afiliados y afiliadas convocándolos cuanto antes a un Congreso para que decidan qué quieren ser y hacer y a quién quieren encargárselo.

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CON EL DÉFICIT NO SE RECAUDA 0

nov3

(Artículo publicado en Dato Económico en noviembre de 2016)

Descansar en la posibilidad de aumentar el déficit los problemas fiscales acumulados en la evolución de la recaudación fiscal, no deja de ser una temeridad que volveremos a pagar a escote la ciudadanía de manera inversamente proporcional a los recursos y posibilidades de cada persona.

En Euskadi, la política fiscal hoy disponible da para mejorar la recaudación y asegurar los costes de los servicios públicos, las políticas sociales y las inversiones públicas. El problema  se produce cuando esa política fiscal se altera sin justificación, cuando no se fijan objetivos de recaudación razonables o cuando no se evalúan con mirada progresista las herramientas de la fiscalidad.

En los últimos meses el Gobierno Rajoy alteró la recaudación del impuesto sobre sociedades, reduciendo sensiblemente su futura recaudación, y afectando con ello los recursos de todas las Administraciones, incluida la vasca, donde también y a pesar de disponer del Concierto Económico, el pago de impuestos de grandes empresas en territorio común, nos afectaría gravemente. Así ha sido y así está siendo.

Pero no todos los problemas nos vienen de fuera. En Euskadi hay dos instrumentos extraordinarios de recaudación justa y progresista que las Haciendas Forales y el Gobierno Vasco, vienen dejando de lado.

La lucha contra el fraude fiscal es una de ellas. Mientras en España y en Navarra, ambas administraciones se fijan ambiciosos objetivos de recaudación mediante la persecución de quien defrauda, en Euskadi no se fija ningún objetivo, y a tenor de lo que explican los responsables de perseguir defraudadores, fijar objetivos económicos está entre lo imposible y lo milagroso.

El segundo instrumento de recaudación reside en la revisión de la propia normativa fiscal, en el funcionamiento y resultados que está dando. En el acuerdo político suscrito en su día por PNV y PSE, ya se establecía la necesidad de hacerlo y así ha sido requerido en el curso de este año. Excusas que no razones por la parte nacionalista han  conseguido que a fecha de hoy siga pendiente esa evaluación, revisión y puesta al día, que cuando llegue, llegará tarde, porque no podrá ayudar al inicio de esta nueva legislatura y a la recomposición de la recaudación, hoy a la mitad de las previsiones establecidas en cuanto a su crecimiento para el año en curso.

En este escenario la alternativa a la insuficiente recaudación se centra en la posibilidad de aumentar el déficit, y en otras medidas que nunca aparecen como tales pero que quedan reflejadas en la evolución del gasto público cuando culmina el año, como es gastar menos y arrastrar gastos durante meses sin hacerlos efectivos.

Es en esta política donde se termina pagando a escote entre la ciudadanía, no por lo que cada cual dispone sino por lo que se recibe, o por lo que más bien no se recibe.

Los comportamientos recaudatorios a la baja, en una sociedad en la que el gasto público se concentra en servicios públicos, políticas sociales e inversiones públicas, terminan restando oportunidades y medios a las personas usuarias de esos servicios, que a su vez suelen ser las más necesitadas de políticas sociales y solidarias.

Que ahora el Partido Popular en España quiera modificar la Ley de Estabilidad Presupuestaria, porque está fallando la recaudación, cuando ellos unilateralmente, oportunista y electoralmente, han hecho caer la recaudación, lejos de ser una solución, es aumentar el problema del gasto público a corto y medio plazo.

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