escrito

  • 08.11.2016
  • 05:33
  • Txarli Prieto

MÁS TEORÍA O MÁS FIRMEZA 0

nov8

Últimamente se invoca mucho al espíritu de la transición. Sobre todo lo hace la derecha y sus satélites. Esos satélites que nos aconsejan un día sí y otro también, que rebajemos el tono de crítica hacia el PP para propiciar cercanía con ellos. Lo hacen impostando un talante de diálogo que no tienen porque no lo quieren. Lo hacen con desdén intelectual, dando al diálogo un carácter instrumental y sin contenido. Lo hacen con la idea de que el diálogo que sale de sus bocas sirva al Partido Popular para que sus recortes y reformas anteriores se sostengan y se proyecten hacia el futuro, bajo la permanente amenaza de convocatoria de nuevas elecciones. En la sesión que fue investido presidente, Rajoy más claro no lo pudo dejar. Advirtió que su investidura no era un trámite y sí un compromiso con sus políticas.

Pero para invocar a la transición o se dice algo más de ella o mejor estar callado.

La transición se hizo en un periodo de muchas carencias y dificultades políticas, económicas y sociales. Pero por encima de esas dificultades había dos determinaciones, la de mejorar colectivamente y la de hacerlo mediante el acuerdo.

Durante muchos años, incluso durante décadas, el afianzamiento de la democracia se hizo en paralelo a la mejora de las condiciones de trabajo, a la extensión del empleo, al acceso a los servicios públicos y a su universalización. Se hizo mediante el respeto a los derechos de negociación, negociando en todos los niveles de la sociedad, y con un sistema capitalista orientado a la inversión productiva.

Se hizo con un potente sector público que atendía al interés general, y que trabajaba por reducir la desigualdad. Hasta en los periodos en los que gobernó la derecha se respetó lo fundamental de todo esto.

Lamentablemente hoy no estamos ante aquellas actitudes, aunque la derecha siga siendo la misma derecha. Todo esto quedó interrumpido y roto con la vuelta al gobierno del PP, en 2011.

Y es esto lo que hace imposible el apoyo, la concesión o el acuerdo con el PP de hoy.

Toda la historia del socialismo europeo desde el final de la segunda guerra mundial, está sembrada de acuerdos y pactos entre la derecha y la izquierda. Seguramente es la mejor fórmula para convivir y para proteger de la mejor manera los diferentes intereses de cada colectivo.

Pero siempre se hizo bajo la fórmula del crecimiento y del reparto y no, como ocurre en la actualidad, de la reducción y el recorte.

De qué diálogo inspirado en la transición hablan quienes han abusado hasta la extenuación con su mayoría absoluta?: del decreto ley para legislar; de las leyes de bases para intervenir en las competencias de Ayuntamientos y Comunidades Autónomas; de la supresión de la negociación colectiva; del abuso en el control del déficit; de las amnistías fiscales para los amigos; de los regalos fiscales para los poderosos; de los copagos y repagos; del vaciado de las reservas para el pago de pensiones; de ignorar el Pacto de Toledo; de judicializar la política; de perseguir y criminalizar el diálogo entre diferentes; o quizás de querer uniformar mediante ideología conservadora la educación y el pensamiento.

Es en esta realidad donde se manosea el noble concepto del diálogo. Es en esta realidad donde a los Socialistas se nos exige claridad.

Esta es la realidad y claridad que nos obliga a tener una política de alianzas definida, orientada, explicable a quienes quieren confiar en nosotros. Porque hoy la política de alianzas arroja mucha luz sobre el contenido de la política que se quiere hacer.

Durante más de tres décadas de democracia el PSOE no la necesitó. Solo había dos opciones de gobierno. El PSOE o la derecha con sus diferentes nombres. En ese tiempo para acertar o para errar, el PSOE fue autosuficiente.

Ahora sí la necesitamos porque hay más opciones y con una entidad suficiente para competir. La necesitamos porque quienes nos votan o pudieran estar en disposición de hacerlo nos la reclaman. Y además porque lo hacen como una condición poderosa para prestarnos confianza y dispensarnos credibilidad, o en su defecto para abandonarnos o apostar por otras opciones.

Tras la incertidumbre y confusión que hemos creado al posibilitar la investidura de Rajoy, es más que urgente la necesidad de reaccionar y tratar de salir de esta crisis en la que nos hemos metido, y que con enorme contundencia se refleja en el barómetro del CIS.

Hoy he escuchado en una tertulia de radio, a los que ayer nos llamaban locos por defender el no, justificar la encuesta del CIS por no haber mantenido la posición.

Obviamente esto no va de estatutos, ni de mayorías tan siquiera, ni de sanciones. Esto no va de ajustes y revisiones entre nosotros. Tampoco de poner o quitar portavocías. Mucho menos de conspiraciones y secretismos.

Porque hoy está en juego de manera más acuciante que ayer la recuperación o pérdida de la confianza en nuestro proyecto.

Porque hoy hay en juego dos legitimidades que no se encuentran entre sí. La de la abstención decidida por el último Comité Federal para que Rajoy sea presidente y la de millones de votantes socialistas que dieron su voto para decir no a Rajoy, no al PP y no a ningún otro candidato de ese partido, bajo acuerdo unánime, también en dos sesiones del  Comité Federal, que a su vez se convirtió en oferta electoral en dos campañas consecutivas.

Hay quien dice primero reflexión y luego acción.

Hay quien señala que tenemos que refundarnos.

Yo señalo que a nuestro partido le sobra reflexión y le falta acción. Porque buena parte de ella, la más reciente la tenemos intacta.

Y para la acción necesitamos a la afiliación. Porque nadie mejor que ella sabe el estado de quienes nos votan incluso de quienes han dejado de hacerlo.

Alguien ha dicho que el PSOE es de los afiliados y a continuación ha matizado, pero para servir a la sociedad. Cierto. De igual manera el PSOE se gobierna conformando órganos. Cierto. Pero para atender a la afiliación, para atraer a los simpatizantes y votantes, representando fielmente su pensamiento y compromiso.

No tenemos cuestionadas nuestras teorías políticas sobre la educación, la sanidad, la fiscalidad o las políticas sociales. No obstante si de reflexionar se trata, podemos seguir reflexionando sobre ellas con la misma eficacia de quien echa capas de asfalto sobre una carretera sin tráfico.

Creo que nuestros problemas están más por la relación entre lo que decimos y hacemos. Por cómo y cuánto queremos disputar a la derecha el liderazgo institucional. Por cómo y cuánto queremos intervenir a los poderosos para que la economía se reparta mejor. Por cuánta desigualdad no estamos dispuestos a soportar. Por la capacidad para tomar y sostener con firmeza nuestras decisiones. Por defender lo comprometido con nuestros electores. Por no permitir que la derecha nos rompa. Por cuidar la credibilidad de querer ser alternativa. Por despejar dudas sobre la autonomía de nuestra acción política. Por revalorizar el orgullo de pensar y ser Socialista. Por acabar con la desmotivadora interinidad en la que nos hemos metido.

Por motivar a los afiliados y afiliadas convocándolos cuanto antes a un Congreso para que decidan qué quieren ser y hacer y a quién quieren encargárselo.

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