escrito

  • 05.01.2017
  • 08:58
  • Txarli Prieto

NADIA 0

ene5

(Artículo publicado en Dato Económico, enero de 2017)

El asunto Nadia no debe despacharse como un supuesto problema de estafa. En todo caso esa parte le corresponde a la Justicia y que sea ella la que lo resuelva.

Lo que nos corresponde al resto de la ciudadanía es determinar cuál ha sido el cúmulo de errores cometidos por nosotros, porqué han sucedido y cómo intentaremos reducir o evitar que en el futuro la imbecilidad sea un fenómeno de masas inducido por quienes deben aportarnos las noticias.

Asuntos como este ponen en jaque el papel de la información, también el de cómo se ejerce la solidaridad y sobre todo el concepto que la ciudadanía tiene del servicio universal de nuestro sistema de salud.

Durante mucho tiempo Nadia y sus padres han sido alimento de platós de televisión, han sido crónica social de máxima audiencia y han recorrido editoriales y telediarios, con un supuesto drama en el que nadie se preocupó de comprobar nada por lo fácil y barato que resultaba tirar de lágrima fácil y de falsa por impostada solidaridad.

Quienes tan celosos son del bien absoluto que supone el derecho a la información, debieran reflexionar sobre si su proceder para con la información en este caso y en similares, es un valor o un contra valor.

Situar en primera plana asuntos tan delicados como este y parecidos sin la más mínima investigación y sin un código deontológico que haga de necesario filtro, solo vale para moverse en el más burdo oportunismo y en un abuso de la capacidad para comunicar con la sociedad.

Aquí hay más que una supuesta estafa, hay varias supuestas estafas, por lo menos en términos sociales.

España tiene, porque así lo soportamos con nuestra decisión política y con nuestros impuestos, un sistema de salud envidiable en el mundo entero. Y no sólo lo es por su carácter universal y gratuito, lo es también por su enorme calidad, y porque demostrado queda que lo que en nuestro sistema sanitario hoy por hoy no se resuelve, menos se resuelve a golpe de talonario, de curandero, o brujo con o sin cueva.

Sin embargo en nuestro país el catetismo es tan abundante que pocos han reparado en la necesidad de defenderlo y protegerlo. Porque si así hubiera sido, en vez de armar una campaña de solidaridad económica para una supuesta dolencia y un imposible tratamiento, se hubiera organizado una exigencia de atención sanitaria en el lugar más próximo a la residencia de la afectada.

Ante casos así es tan lamentable como real la aparición de la explotación del sollozo repentino, de la solidaridad del calentón, y de la ternura exprés.

Quizás esto ocurra porque acostumbrados como estamos a soportar estoicamente tanta injusticia y vulneración de derechos fundamentales, incluido el de la vida, y acostumbrados a mirar para otro lado en la mayoría de las ocasiones asumiéndolo como un mal irremediable, resulte confortable y en modo de penitencia acercarse a un problema individual tirando de monedero.

La mayoría de las personas que han dado sus donativos estoy seguro de que lo han hecho con la mejor intención y muy conmovidos por lo que se les ponía ante sus ojos.

Para el futuro propongo que todos esos recursos y conmoción se destinen a llamar a la Administración Sanitaria, o a la Política o a la que toque o a todas a la vez, en cada Comunidad Autónoma o en cada Municipio y se proceda a denunciar la situación.

Propongo que quienes quieran dar información tan sensible la investiguen antes para así saber de qué hablan.

Y sobre todo propongo que en un País donde la ciudadanía gozamos de derechos, que sepamos protegerlos y defenderlos, que sepamos ser exigentes ante cualquier carencia o incumplimiento. No hay nada mejor contra la desigualdad y el panfilismo.

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