escrito

  • 04.05.2017
  • 11:50
  • Txarli Prieto

GRITOS EN EL CIELO 0

may4

Gritar a los cuatro vientos que vienen los populistas no sirve de nada.

Si se hace desde dentro de la política sirve para menos. Si hoy hay populismos en crecimiento, sean del signo que sean, se debe sobre todo, al fracaso en la última década, de esa mayoría democrática, social, moderada, para asegurar derechos y para enfrentarse con cierta equidad a las adversidades, muy especialmente a las económicas.

La ciudadanía europea siente que vive en los extremos, aunque su presente y su pasado no sea así. Pero siente que vive en los extremos. Porque vivir en los extremos es, tener miedo a la inmigración a la que se acusa de portar la delincuencia y de constituirse en una amenaza para el empleo de los autóctonos de esta generación y de las venideras.

Vivir en los extremos es temer a la devaluación del patrimonio familiar, de los ahorros, incluso a la inseguridad de perderlos.

Vivir en los extremos es temer a la rebaja del salario, a la paulatina rebaja del poder adquisitivo de los salarios, a la precariedad en el empleo, o a su pérdida.

Vivir en los extremos es temer por el futuro de las pensiones.

Es también ver cómo tras el Brexit está amenazada la circulación ciudadana por donde hasta hoy estaba abierta y están amenazados los derechos que hoy les asisten.

Hoy hay muchos ciudadanos que se defienden en el día a día pero que tienen miedo al futuro.

La globalización que nació sin reglas sociales, porque sus impulsores del lado progresista entonces las despreciaron, hoy se llevan las manos a la cabeza.

Lo que está pasando en Francia en estos días y se sustanciará en parte el domingo es reflejo de todo esto.

La cuna de la libertad, la igualdad y la fraternidad, sometida al peligroso crecimiento y a la disputa de la Presidencia de la Republica, por la extrema derecha.

La mayoría de los partidos democráticos se han aliado para evitar el triunfo de quién predica comportamientos y propone acciones fascistas, pero esto que es muy importante y que hay que hacerlo, no traerá soluciones a los problemas antes señalados, y además augura con posterioridad una mayor fragmentación del arco parlamentario, una mayor dificultad para encontrar mayorías y consensos.

La derecha democrática y la izquierda progresista tenemos un mismo problema, cómo se obtiene la riqueza y cómo se reparte.

Durante décadas en Europa se practicó la política económica de las tres partes. Una parte para el inversor productivo, otra para los trabajadores por su producción y otra para lo público para garantizar los servicios sociales.

En la actualidad la parte del inversor productivo se ha reducido a la mitad por la acción del capital especulativo. Lo mismo le ha ocurrido a la parte pública con la deuda contraída. Lo mismo les ha ocurrido a los trabajadores con la pérdida de empleos y salarios.

El apoyo al populismo es en muchos casos una expresión de hartazgo y contestación a una moderación que ha sido desbordada por la economía salvaje.

Esto es lo que hay que resolver, devolver el espacio de la economía salvaje al espacio de la economía productiva.

Esto se hace eliminando paraísos fiscales, luchando contra el fraude fiscal, creando una legislación fiscal europea, endureciendo la fiscalidad a los fondos improductivos, facilitando la inversión productiva y repartiendo sus resultados como se hizo en otro tiempo.

Esta puede ser una forma de frenar y reducir los populismos, lo demás gritos en el cielo sin actos en la tierra.

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